sábado, 13 de abril de 2013

Antediluviano
















Hemos volteado los abrevaderos,
puesto jarrones, antorchas, musgo,
cantos rupestres,
espiraciones de arcilla,
una bóveda azul,
los pájaros del aguacero…
Y hemos pedido que ocurran la noche
y el alivio,
el equinoccio y las declinaciones,
el tiempo con sus puertas de vaivén,
las flores amarillas sobre los huesos,
las migraciones hacia sitios que no conocimos,
la desmemoria de los andenes.
Lo hemos pedido todo ante un panteón
de rostros y vasijas.
Ante el amor.
Sin prevenir el fluir subterráneo,
y el vacío de las cavidades emparentadas con la humedad,
y el llamado a flotar
en este anverso
que no comprende
la sed.

jueves, 21 de febrero de 2013

LA MIRADA


El más remoto de mis recuerdos tiene el dibujo de unas losas en las que alguna vez se urdió la vida y el amor, pero la casa estaba en ruinas ya. Tuvieron que derrumbarla y el piso pendía de mis ojos y de los brazos de un tío que caminaba conmigo entre los escombros, un poco antes de que la diabetes lo terminara de aburrir y muriera en su cama de la casa nueva, mucho más chica y con techos bajos. Mi madre durante algún tiempo aseguró que el recuerdo de ese paseo en brazos del tío Miguel era implantado. Un día le dibujé las losas y entonces se puso a pensar que tal vez en alguna otra parte, “tal vez, viste ese piso colonial con tréboles rojos y ribetes verdes”. Lo sé. No me creyó. Lo cierto es que mucho antes de que mi madre avalara mi relación con el mundo y la conciencia de ambos, existían las losas y una claridad que no le concernía a la sala, en otro tiempo lumbre de tertulias y de buena salud; y que probablemente ya —en ciernes todavía mi propia existencia—, me dejaba el dolor del derrumbe, ese barrer de las sombras, la fuga de los muertos deshabitados, desperdigados en esa amplitud que una casa no necesita. Esa es la primera mirada que recuerdo, y porque rebasa la estética del dibujo y el andar pertinaz del enfermo entre las vigas de madera, conmigo en brazos, es poética.

Sé por esto, y por la joven que vi en un columpio en la luna manchada más tarde, y por una enredadera de flores diminutas bajo la cual hubiera querido vivir a los cuatro años, que lo poético es una mirada que no depende del don de la vista siquiera, porque podría prescindir de la claridad. Es una mirada a lo informe, al caos de los mecanismos por los cuales las alas del colibrí se llegan a alinear instantáneamente con el filo de una hoja, y que la luz en el plumaje del ave opaca ese filo en un parpadear que dura la brevedad de la miel. En esos recovecos la realidad vaga, humedecida por el aliento del verso, desaliñada, impúdica, afecta a lo pedestre y apenas tocada por una sublimidad que la transfigura. Los ruidos la colocan al centro. Las cafeteras infladas, el humo y el bochorno del mediodía mientras un tren de carga irrumpe en ese horizonte de calma y jarabe, y los gatos se arquean parsimoniosos bajo la enredadera. Yo, en esa contemplación inicial, consuetudinaria, sin escuela ni amigos aún, sopesaba la siesta de la viuda que Miguel había dejado sin hijos al morir y que era, por azar del infortunio de ambos, la más importante de mis relaciones con el mundo: una abuela cuya isquemia transitoria la hizo por mucho tiempo esperar que su hombre volviera del ferrocarril con el farol de recibir los trenes en las madrugadas. Ella me proporcionaba silencio y penumbra, un lugar bajo las mecedoras, una pena que se fue haciendo doble cuando la lucidez de la pérdida retornó, y con ella el vigor que mi abuela solo llegó a agradecer cuando la sociedad y la historia obraron en su rutina de telenovela contingencias que daban cuenta de algo parecido a la justicia. Esa abuela que tuve por azar amaba la Revolución, había nacido en 1902 y conocía la historia que los libros no contaban porque siempre le parecía que todo lo que se escribiera sobre el “maravilloso renacimiento cubano” era poco.

Lo que sigue al paréntesis de los primeros años es el mar. Y eso de por sí debería explicar cualquier proximidad con lo poético, sin embargo tal como yo lo vi lo vieron todos: los viejos y los chicos y los tíos que entonces eran adolescentes y se enamoraban en el muelle, bajo los agujeros de la noche, al filo del helénico Caribe. Lo que yo veía entonces tiene que ver con un parto de agua que convocaba mi fascinación y la sigue ahuyentando de toda lógica humana o divina: “El mar —lo dijo Marimón, poeta de Matanzas—, es un enorme vientre pariéndose a sí mismo”. Al borde de sus piernas abiertas como un abrazo estaba mi cama. Separada de los sargazos por una calle estrecha que no dejaba de ser un camino soleado en las noches. Permanecíamos dos meses al año en aquel lugar. El resto: domingos y frentes fríos, existía en función del retorno. Y en función de los sueños de mar, todos con el día alto y la arena gris y mojada. Todos sueños de nubes cuyo movimiento aceleraba el tiempo y me hacía feliz. El pueblo en su diminutez, a kilómetros de ese borde, saltaba de las peluquerías al bar de Pelón, el dulcero. Tenía su fotógrafo, su museo, la mansión de los únicos millonarios que se habían ido en el 59’. Tenía sus mártires y sus aceras, y un cañaveral al otro lado de la carretera central que lo volvía un pueblo huérfano de algún modo, un pueblo desvalido, poco dado a crecer, muy lejos de convertirse algún día en un lugar con plazas o avenidas. Sobre todo esto era doloroso porque en ese entonces pensábamos que así como la Revolución se había ocupado de nuestras relaciones y de nuestro acervo, se ocuparía de ir sacando los sitios de su primitivés hasta que cada rincón pasara de huerta a campo y de campo a jardín y de eso boulevard, y pudiera existir una historia de otras magnitudes en cada pequeño pueblo como el mío. Ahora sabemos que esas transformaciones no son posibles en lugares sin agua y sin minas de algo, y menos aún, sin el bosque que le diera nombre allá lejos, cuando al otro lado de la carretera las cañas no eran una promesa y de este lado las casas no pasaban de diez: Los Arabos. Ser sublime en esas circunstancias es casi un despropósito. Ocurre, como le ocurre el amarillo a la mariposa o la nieve al mundo. Es, simplemente. Y entre esa compensación de la espera, de la lentitud, de la belleza que debía ser otra parte cualquiera y la suerte de los que subían a aviones y a barcos para surcar el mundo, estábamos los de aquel pueblo. Casi unos de mis primeros intentos desmitificadores de la mirada poética es “Nombrar el sitio”, un poema que escribí a los 16 y que incluí en la poesía que reuní para mi primer libro:

Nombrar una vez más el sitio.[1]
Las lides del horror con que llovemos los pastos definidos.
Otros no beberán verdoso el jugo.
La podredumbre de la estancia casual
unos y otros
arrojarán los abolengos que diferencian esa luna,
el lago en la mirada, que los hace
hermanos de la piel del venado y el hombre:
Cualquier día estallan los manglares con otro despertar.
Mojado el sitio
y el estremecimiento
anuncia una vez más que estamos solos.
Como la música que sale de algún hueco
asomarse inferior al ruido en la pagoda.
Volvamos por la casa
deseosamente fértil.
Colmada de guijarros y árboles y potros
y la anciana febril de la memoria.
Nombrar el sitio.
En la marcha nos puede parecer que se desprende
y cae ante nosotros
con esa fuerza única de lo que cae del alma.
Y vuelve la costa a ser el borde,
se nos reintegra al ojo esa mirada
que dice
ahí termina.
Cómo saber que este no es el hombro
sino el gajo carcomido por abejas
que la arena ha ocultado.
Como evitar nombrar el vientre florido en su abandono,
la elemental pujanza.
Aquel instante líquido,
su extraña dimensión entre los cuerpos
al iniciarse la sobrevida en que ofrecemos los pies, las alas,
y esta rotunda ceguedad ante la muerte.

El sitio y la necesidad de abandonarlo a toda costa, la voluntad de abarcarlo de lejos es una constante en mis primeros intentos, y lo fue más allá de la realidad de esa ida que se produjo solo pocos años después, demasiado pronto para que mi mirada cerrara sobre ese arco de sensaciones su impronta. Toda esa vaguedad fragmentada, tristísima y pobre, viajó conmigo y reposó años de selva y de desencuentros. Cuando en el año 2002 pude publicar Bajo el célico gris, contaba con lo escrito en los años previos a mi salida de Cuba, mis primeros poemas urdidos en la profunda y más solemne angustia, en las tardes de caña de azúcar y biblioteca, en una precariedad que ponía demasiadas interrupciones a la intención de ser sublime. La ida se instaló en nuestro imaginario con sus lienzos de aceite y sus mecedoras.

II
Los idos nos dejaron con sus sombras a medias. [2]
Comenzaron las siestas de tributos.
El sueño ¡ah liviano!
sobrevolaba el ocio.

III
La vastedad se erige al otro lado,
desparrama azahares que cubren la vigilia.
Echen la niebla al hombro ¡largo!
Séannos, pues, reales las ojeras
y anunciaran dos nuevas cicatrices
o zanjas donde uno se adentre para llorar por uno.
Y renueve con coces la premura del golpe en el costado.
Y anunciaran un barco de paja en el rocío
por dos gorriones secos.
Y las llamas del cielo serán simples
como los techos rojos.

IV
Yo puedo disfrazarme por las voces,
hacerme menos falsa,
menos la musa sola
disminuida a mi estatura.
Los idos son frondosos como la primavera
y saltan por el cuerno de los trinos nacientes.
También se desparraman y sudan la resina
y aunque allí permanezcan
siempre serán los idos.

Y Cuba, pródiga en poesía, concurría a mi necesidad con verdaderas joyas que la penuria editorial lograba sacar a la luz amarillenta y reciclada de las librerías: “Vestido de novia”, de Norge Espinosa, “Sueño de una noche de verano”, de José Manuel Espino, “Para un cordero blanco”, de Reina María Rodríguez, “Manual de las tentaciones” de Abilio Estévez, “Atlas Salta” de Raúl Hernández Novás, “Cálida forma” de Aramís Quintero, Lina de Feria y su percepción de lo intangible descrita una noche de Taller Literario, su casi abrumadora claridad sobre el hecho de que la metáfora de lo etéreo requería asideros corpóreos, que en eso consistía la poesía. Y “Los días de la pérdida”, de Juan Carlos Valls Si tuvieras el mar no sentirías tanto la pérdida de lo que nunca fue del todo verdadero, esa verdad que pude interpolar después a la presencia de cerros y páramos con su llovizna extendida como una gran llanura. En ese ir y venir de voces la poesía acunaba su ovillo sedoso, y a veces le tejía una túnica al viento, y a veces era el mismo viento entre lo que la lectura y el sueño lograban verter. Lo que pudo salvarse de esos años es la ausencia, la despedida, la muerte anterior de la que habló Lezama: Contigo la muerte fue anterior y efímera, esa anulación del pasado en el umbral del amor, de la felicidad.

Mira,[3]
si las aves vinieran
a guarecer en la sequía de estas manos,
cómo izar el adiós que coloca los barcos con la proa
debajo de la arena,
y nos deja la tarde y su declive
en una playa roja,
en una cima húmeda
que permite mirar hacia uno mismo,
mientras las aves comienzan a llegar y a perdonarnos.
  
Siempre he creído que el atisbo de lo poético atraviesa el juego de las premoniciones. Se instala momentáneamente en sus artilugios, alumbra el verso y nos devuelve la perplejidad con la que Dulce María Loynaz reconocía que el “Canto a la mujer estéril”, escrito en su juventud sin augurios ni oráculos, la había perjudicado. Estoy convencida de que una zona de lo que he escrito y escribo tiene esa suerte. Mi hermana me llamó por teléfono una noche para anunciarme que vendría a vivir acá, porque estaba concurridamente sola (Benedetti). Mi hermana vivía hacía algunos años en Guatemala. Unas noches antes yo había escrito el poema con el que la recibiría sin saber de su pena, ni de su derrota de princesa que de un momento a otro perdía el brocal y la torre:

Créeme,[4]
ella tocó a la puerta.
Le dolía golpear desde la tarde en que sus dedos
sangraron sobre el piano,
salpicaron sus pies,
y ella los contempló como quien ve
una vela gotear sobre la losa,
como quien imagina un ideograma
con señales opacas
y decide creer.
Golpeó la puerta,
quiso despedirse.
Arrastraba la túnica.
Arrastraba el pasado con sus hojas.
En el borde una araña se moría.
Ella dijo la sombra y quiso irse,
quiso llorar de nuevo,
recogerse
bajo el viso de alas que llovía.
Entonces nos golpeó, nos golpeó tanto
que le abrimos el pecho.
Todavía nos duele su tristeza.
Hubo lluvia y gorriones esa noche.

Lo que sigue es un hilvanar obstinado de eventos en la lucha por sacar a flote la mirada, por elevarla sobre la tierra y el hielo, por hacerla menos prosaica que el mundo, y eso es difícil. Porque las avenidas son reales ahora, los cielos se surcan ante mi cara a cada segundo, y la gente no me parece precisamente feliz, llevan lo suyo a cuestas, la mirada y la sombra, la inmediatez y el insomnio, la espesa frivolidad de sus relaciones y sus enseres. Todo lo lleva consigo el trasiego de desconocidos que no poblaron mi pueblo ni el mar de los siete años. Para mi dicha de beso, en todo lo que siento está el amor, junto a ese vacío, sin rozarlo, sin intentar adelantar el menudo pie, bordeándolo apenas, porque una es también los espacios manchados sin mecedora y sin enredadera, las lagunas repletas de ojos, el gesto del adiós, la contención imperiosa por no llorar una tarde todos los días de mar y de pueblo chico, por no llorar lo que pudo ser y no fue, el endeble amor que desaparece tras la nube y toda la complicidad con la que se puede medir su viudez. Por esto, por todo esto, mi madre debería creer que el tío Miguel me tenía en sus brazos en la casa sin techo y sin paredes, y que las losas estaban casi intactas, y que tuve mi primera nostalgia, mi primer encuentro con lo poético, ante esa amplitud luminosa que una casa no necesita.





[1] LANTIGUA, Liset. NOMBRAR EL SITIO. Bajo el célico gris. CCE, Quito, 2002.

[2] LANTIGUA, Liset. Antepasados. Bajo el célico gris. CCE, Quito, 2002.

[3] LANTIGUA, Liset. Cuento. Mi amada Istar. CCE, Quito, 2004.

[4] LANTIGUA, Liset. Hubo lluvia y gorriones esa noche. Mi amada Istar. CCE, Quito, 2004.

sábado, 6 de octubre de 2012

Y SI VIENE LA GUERRA

 

 

 

 

 
 
 

LA VIDA

No sé. Algo cambió de repente. Debe ser el aire porque ese “algo” significa todo. Significa la vida entera. Es culpa de la gente. Es culpa del miedo de la gente. A una hora de la noche, como a las nueve, se cierran las puertas de todo como en la época de los ogros. La gente se acuesta temprano, no hay luz en el pueblo. No alumbramos con lámparas antiguas y con velas. Anoche entró una mariposa negra en la casa, una de esas mariposas nocturnas del verano. Yo no soporto a esas mariposas. Abuela Tinita se levantó y trató de sacarla con un trapo. La mariposa revoloteaba y revoloteaba y en la lucha abuela tumbó el ventilador. Mami se levantó asustada. “¡Será posible que ustedes no tengan conciencia de lo que está pasando! ¡No se dan cuenta de que estamos en guerra, esto es la guerra!” ¾dijo. Yo traté de apaciguar la cosa: “Fue sin querer, mami. Queríamos sacar a la mariposa. No fue culpa de abuela”. Abuela estaba pegada a la ventana. Esperaba que Adolfo comenzara a gritar. Y no. Adolfo no gritó. Nadie gritó. Mejor vamos a dormir. En este barrio todo el mundo conoce el estruendo del ventilador ¾dijo abuela¾. Mami se acostó en mi cama. Falta un siglo para que nazca mi hermana: seis meses. Papi no ha podido dormir una sola noche más en la casa desde que empezó la guerra. Viene por la mañana, se baña, come algo y se vuelve a ir. Eso no es todos los días. A veces pasa dos y tres días sin venir. Los vecinos están en las mismas.

Claridad no sabe nada de la guerra. Le han prohibido enterarse. Medina viene a dormir todas las noches, por ella. ¡Qué bueno! La otra guerra, la de África, la volvió loca.  En su casa nadie menciona la guerra. Por eso me gusta ir allá. Esa casa parece tener otro aire: el aire de Claridad, está como ida, parece una de esas casas que pintan en las nubes, o una casa de árbol, o un barco, sí, uno de esos barcos en los que la gente pasa meses y meses. Yo digo que en uno de esos barcos debió irse la vieja de la huerta de los chinos, con su perro y sus dos gallinas. Lo cierto es que esa casa no parece tener los pies en la tierra.

viernes, 14 de septiembre de 2012

MI CASA NO ES UN NAUFRAGIO

"Eva miró a su alrededor y luego a su madre, y nuevamente recorrió los objetos con la vista: la cortina, los portarretratos de una antigua boda; las gradas que separaban las habitaciones en las que dormían ellas; las ventanas redondas, el anaquel con libros y mapas; la brújula, las copas, las mesas y las sillas y tantas otras cosas en el piso como violines y violonchelos, y pensó que no era posible que aquello fuera un naufragio. Porque su madre y ella a veces discutían, era cierto, a veces no estaban de acuerdo en algunas cosas, como que el mundo era inmenso, infinito, como pensaba Ma; o que era el mar encerrado entre muros de tierra y roca, con una ventana muy grande que daba al cielo, como pensaba Eva; en estas discusiones pasaban los días, pero nunca dejaban de besarse antes de ir a dormir, ni de preocuparse la una por la otra.

—No, esto no es un naufragio. Claro que no —dijo entonces Eva y abrazó a su mamá".

 
Alfaguara-Ecuador, 2012


METRÓPOLI


Esteban y yo sabíamos que la diminutez de nuestro pueblo acabaría por volver loca a la gente, y por cerrar sus calles una a una, con cercas de alambre de púa como las de los manicomios. Cárceles, no. Es bastante la cárcel que se tiene en un pueblo que existe a un solo lado de la carretera, y en el que el mediodía se posa como una mariposa obesa a cualquier hora. Esto es más que una cárcel. Porque la gente no sale de aquí, no sale de sí misma, no va a ningún lugar a menos que uno logre meterse en sus sueños de avenidas y rascacielos que se ahogan entre las nubes, como Metrópoli. Este es un pueblo chico y la gente se está volviendo loca en el ir y venir de la mañana a la noche. Ni brujas, ni duendes, ni aparecidos. Nada. Ni siquiera ocurren las revoluciones de otros tiempos, o las guerras que se llevaban al primo, al hermano, al hijo y al padre a morir. Aquellas eran guerras absurdas, guerras en las que no había un solo gesto de gratitud porque nadie se perdonaba la vida. ¿Por qué? Por nada. Entonces vale la pena este tiempo, este presente pacífico de “libertad”, aunque se trate de una aparente libertad porque los trenes no llegan ni dejan atrás la estación del barrio Prendes con su herrumbrosa indiferencia, no. Eso ya no sucede. Sucedía. Una vez vi a una mujer embarazada arrodillarse y suplicarle a la virgen con gritos y lágrimas que el tren parara, que se detuviera, que iba al pueblo próximo que sí tenía hospital, a dar a luz. Y el tren paró. ¡Todo lo que había que hacer para que el tren parara! Por fin ya no tenemos ese problema, ni el problema de la pastelería porque la cerraron. Las gordas Borroto regalaban merengue por la puerta de atrás, y la gente dejó de almorzar. Preferían embadurnarse de merengue, llenarse los ojos, la boca y la risa de merengue. Y el pueblo se puso flaco y diabético hasta que cerraron la pastelería porque quién necesita merengue o pasteles en estos tiempos, decía Digno el fotógrafo. Esteban y yo teníamos 15 años. Éramos los gemelos, los hermanitos gemelos. Vivíamos cerca de la gasolinera. Solo que el pueblo se quedó sin autos, por tanto la gasolinera… Ya dije que aquí no ocurren milagros. Lo sé. Pero Esteban y yo también sabíamos que no era posible una historia de más de veinte años sin guerra, ni eclipses, ni trenes, ni meteoritos, ni mar; y tuvimos una noche entre tantas, una noche que era un mediodía con alas de plomo. No había luz y decidimos salir de casa. Se nos ocurrió ir en busca del río de los chinos. Un río que corría en la cabeza de la gente. Claro que había quien afirmaba que tenía un cauce diminuto fuera del pueblo, cerca del cementerio. Un pueblo sin agua es un pueblo triste, definitivamente. Entonces nos armamos de lo único que necesitábamos para salir, que era como una especie de activación de la pereza con pocas palmadas. Dale, salgamos, igual, no hacemos nada aquí. ¿El río de los chinos? ¿El que se secó?, nos dijo Digno. No sean bobos, ¿qué piensan encontrar?, ¿una zanja con agua podrida para que se entierren y se los coman los bichos? Pero nos dio la linterna. Se llama Elvira, dijo también para que se la devolviéramos. Esteban no entendió el chiste. Bueno. Iba obsesionado con encontrar el cauce. Nos adentramos entre la hierba y los grillos y algunos arbustos de marabú, pero antes de lo esperado nos arrepentimos. Ese es el problema fundamental a los 15 años en una noche sin luna, sobre todo si un tipo como Digno el fotógrafo advierte así, con ese modo que es un desprecio a la movilidad y a la ilusión, que no-vamos-a-encontrar-nada. Entonces vimos el muro blanco del cementerio y nos arrepentimos más de la cuenta. Total, que crean lo que quieran sobre ese cauce. ¿Por qué no?, entramos, curioseamos un poco y salimos sin llenarnos los pies de guisasos de caballo porque ahí dentro no crece hierba. Dale. Entramos y fuimos a parar a aquella bóveda del banquito. Es triste que junto a una bóveda alguien ponga un banquito, es triste. Leímos la inscripción (ya no la recuerdo, por cierto), y Esteban hizo lo que hace siempre: sumó los años, y en ese trajín se percató de que acababan de enterrar a alguien en esa enorme bóveda tan vieja. La tapia acababa de ser sellada, tenía el cemento húmedo. Bueno, casi todos los días muere alguien, uno no está al tanto de todo. Entonces la vimos a ella. Se asomó por el otro lado, con el pelo rojizo, alborotado, y unas botas demasiado altas para nuestro pueblo. No hablaba español. Necesitaba algo. Estaba ansiosa. Esteban sugirió que le diéramos agua y ella entendió por los gestos y negó. Yo traté de proponer que camináramos hacia afuera, que abandonáramos el cementerio, pero ella parecía haber perdido algo allí mismo (como todos, ¡quién no…!), el caso es que buscaba y buscaba con el alma embutida en un vestido de flores verdes y rojas, escandaloso para un pueblo enlutado. Porque el pueblo, cabe decir, estaba como en duelo, no se sabe por qué pero la gente no se recomponía de las adversidades prehistóricas, aunque nada malo le sucediera ya. Todo había ido cerrando, apenas nuestras casas seguían ahí, alineadas o en desorden, y el parque del centro, y las oficinas de rigor. Y el cementerio. En un momento la mujer se sentó en el banco (Esteban ya quería irse). Sacó del busto un relicario con una foto y se le iluminó aquél desastre de rostro, con el rímel corrido y las arrugas y algunos temblores dispersos a la altura de un ojo y de la boca. Ah, qué bien. Entendimos a aquella mujer. Buscaba una tumba que coincidiera con la del rostro amado, reciente y sereno. Esteban sugirió empezar por el final. Al tope, la tapia del cementerio tiene vicarias. Crecen en el cemento, son blancas y lilas. Mira esto, dije yo. La mujer respondía a la búsqueda como los animales, nos dimos cuenta de que era por ahí. En un rincón había una bóveda abierta. Es normal. Las limpian cuando los familiares lo anticipan. La mujer hizo un gesto para despedirse, y Esteban abrió los ojos y dio un paso atrás, un solo paso. Para mí fue tarde. Un tropiezo de ella la hizo aferrarse a mi blusa y llevarme a la fosa. No sé si grité y no importa. Adentro no importan los gritos. La tapia se cerró. Me tranquilizó por un momento saber a Esteban fuera, con la linterna, buscando a alguien que lo ayudara a mover la tapa de granito. La mujer me tomó de la mano, la bóveda era honda. Susurró algo en mi oído y echó andar conmigo por un pasadizo que parecía ser la arteria de algún tren, de uno de aquellos trenes que no pasaron más. Iba con tanta prisa y era tan inútil cualquier reclamo o ruego que me dejé llevar, con miedo, con hambre, con rabia, pensando que acabaría por cansarse y me dejaría, y entonces al regresar al fondo de la bóveda hallaría a mi hermano con Digno el fotógrafo y dos o tres hombres del pueblo. Luego olvidé ese consuelo. No hubiera imaginado tanto túnel bajo una tumba limpia, recién abierta, sin nada de huesos porque para eso los cementerios tienen los osarios y es mentira que los huesos se hacen polvo, es mentira. Ni siquiera los huesos de los dinosaurios se hicieron polvo. Y bueno. Caminamos. Más de lo que había andado yo en la vida si hubiera sido posible juntarlo. Tuve momentos de angustia pero la mujer susurraba algo que decía en su idioma exactamente lo que decía mi madre cuando quería calmarme de los pánicos infantiles. La infancia es una época de pánicos: muertos, fantasmas, monstruos, visiones de todo tipo.

No sé cómo sobreviví. El cuerpo es poderoso. Sin embargo no se camina en vano, aun cuando ignoramos hacia dónde se llega a alguna parte. Casi al final tuve la perturbadora premonición del infierno. Fue un alivio ver una luz al fondo, no la claridad ofensiva del cielo abierto, nada de eso. Apenas la claridad de un espacio en el que había ventanas. Unos pocos peldaños bastaron para que el pasadizo quedase en su cerrazón, y al mismo tiempo nos condujeron hacia una sala de hospital. Qué amable la extranjera. Se ocupó de llevarme al doctor como si la caída hubiera podido afectarme, pensé. Me dieron una cama. Al despertar pedí un teléfono. Me entendieron. La extranjera abrazaba a una anciana y lloriqueaba mientras yo marcaba el número de mi casa y sonaba un vacío al otro lado... Repetí la llamada muchas veces hasta que me di por vencida, posiblemente en mi pueblo eliminaron los teléfonos, me dije. Se me acercaron mujeres mayores, amables y dulces. “Bienvenida a Metrópoli”, fue todo. Luego se abrió la puerta de una ciudad que Esteban, con lo mal que está ahora, no llegará a conocer, qué pena. Una gigantesca avenida me separaba de un parque espléndido, verdoso y limpio, sin guisasos de caballo ni nada. Las del hospital habían puesto en un bolso pequeño algunas provisiones para mi estadía: la dirección de un apartamento, dinero (muchísimo dinero, la verdad), una cédula de identidad con mi nombre (mal escrito, por cierto), y unas llaves. Sabía que estaba en este mundo por el idioma. Hablaban como yo, pero eran muchos, muchos y desconocidos. Me sentí tan contenta, tan afortunada, que en cuanto pude pedí un helado en un restaurante de frutas. Antes de irme, el muchacho que atendía me extendió un mapa que era todo un libro (¡todo un libro era el mapa de Metrópoli!). Con su ayuda localicé el lugar, el edificio que contenía el apartamento en el que me hospedaría. Vi cierta compasión en sus ojos, y conste que no era fácil ver algo en los ojos de la gente de Metrópoli. La idea de hallar a un conocido cesó cuando tropecé en el lobby del edificio con la mujer que vi llorar en el terminal de trenes, la que iba a dar a luz. Me miró desafiante, como si hubiera tropezado con un cerdo. Le quise preguntar si llegó a tiempo, pero se fue. Esto no causó la menor avería en mi ánimo. Me sentía bastante afortunada de haber ido a parar a una ciudad así, sin más ni más, habiendo nacido en un pueblito como el mío.

Mientras recorría el apartamento, demasiado acogedor para ser provisional, me puse a pensar que tuvieron razón en eliminar los trenes; las cosas habían cambiado en el mundo sin que en el pueblo nos enteráramos, así de olvidados nos tenían. Se podía viajar sin subir al vagón, sin la espera de días y semanas, sin la fatalidad pueblerina que tanto lamentábamos. Era obvio. Tenían reservada esa carta para la próxima revolución. Mientras tanto, qué importaba que fuéramos pocos, que nos quedáramos sin ilusiones, sin la esperanza de que el pueblo creciera acorde a la naturaleza de los lugares y al progreso. Los días subsiguientes me arrancaron de las meditaciones. Salí a buscar empleo. Conversé con el portero del edificio y me dijo que se podía ir a muchos lugares, que Metrópoli era grande y variada, que era muy bonita (era un hombre sencillo). Me aconsejó visitar la oficina de empleos del Ministerio de Empleos en la Avenida 1800 y Zeta. Y tuve que subir a un tren, cruzar un puente de 500 metros sobre el enorme río de Metrópoli y solo después me vi allí. Tomaron mis datos y dijeron que me llamarían. Volví a casa. Me senté a esperar. En los días siguientes la extranjera del cementerio vino varias veces con bolsas de comida. Las dejaba sobre el mesón y se marchaba con una timidez que no sería capaz de explicar. Yo salía de vez en cuando a conversar con el portero, sin suerte, casi siempre estaba de descanso. En la tercera semana lo vi otra vez. Yo ya quería irme. Hice a un lado la pena, como decía mi madre, y le conté que quería volver, que me estaba matando la soledad. Abrió los ojos como un espantado y me preguntó si había perdido el sentido. Entonces le hablé de la mujer del cementerio (la extranjera), le conté con detalles la historia. La he visto venir, dijo con discreción, y lo del viaje de ella a tu pueblo salió en la prensa, en los partes, dijo. No me importó saber que en Metrópoli todo salía en la prensa, cualquier cosa. Estaba demasiado apremiada por la necesidad de abandonar aquello. ¿Qué hago, Roque? Así se llamaba mi único casi-amigo de Metrópoli. Le expliqué que en el pueblo tenía mi vida, todo lo que sabemos: familia, gente conocida, la paz, el aburrimiento, los árboles, los deseos, los sueños, el aburrimiento otra vez... Y me dijo que esperara un poco más, que apenas habían transcurrido dos años, que ya me llamarían; además, yo no tenía los certificados necesarios para un buen empleo, que vine muy joven. Y enseguida se puso a barrer unas hojas. Recuerdo que habló del desarrollo de Metrópoli y de los beneficios del orden y la seguridad. Al día siguiente se fue a su descanso y no volví a verlo. Lo de los dos años me pareció una equivocación. Emprendí el camino inverso. Era lo único que deseaba, recoger cada paso hasta el túnel. Lo pensé, claro que lo pensé. Sabía que podía morir. Mucha gente muere en viajes como el mío. Pero no quería quedarme. Me sentía cercada por luces y avenidas, y los pocos jóvenes que pasaban me recordaban a los muchachos de mi pueblo, muertos en la guerra. Había sido suficiente. Dejé las llaves junto a la garita del guardia de turno que no me habló ni preguntó por qué. Salí resuelta. En el hospital, si bien hice uso de la actitud que nos permite pasar casi como doctores o como enfermeros o como accionistas, tuve que meterme en un closet de limpieza, entre desinfectantes y escobas, porque varias señoras de blanco recibían a un anciano en la puerta del túnel. Con razón, pensé, esta ciudad está llena de viejos. Un instante después todo estuvo limpio, sin nadie, quiero decir. Abrí la puerta, descendí, cerré los ojos y caminé. Los abría de vez en cuando. Silencio, silencio, silencio. Yo sola. Yo caminando, desandando, regresando a la casa de siempre, a mi casa. Pensaba en Esteban. Pensaba que no sería mala idea invitarlo a Metrópoli ahora que conocía el camino. Pero solo a él, eso sí, no me hacía ninguna gracia imaginar al pueblo sin gente, pelado, vacío, con una soledad semejante a la de la gran ciudad que está llena de gente. Pensaba que después de todo, los trenes eran prescindibles, y que la pastelería sí era de las cosas que el pueblo debió mantener a costa de la diabetes y de todo eso, porque nos alegraba; las gordas Borroto sabían que a falta de mar el merengue ayuda. Sentí sed, pensé en el cauce del río de los chinos y tuve más sed. A ratos tenía la sensación de que me atravesaban insectos a toda prisa, que volaban a través de mi cuerpo, y entonces apuraba el paso y utilizaba alguna de aquellas estrategias contra el pánico de las pesadillas. Pensaba en la linterna de Digno el fotógrafo, que quizá Esteban había olvidado entregársela y se llamaba Elvira, nos lo advirtió, no tenía otra; también pensaba en la idea que nos había llevado a salir esa noche, cansados del sedentarismo de la mariposa que se abatía sobre el pueblo y nos propinaba un mediodía espantoso, densísimo, tanto que no lo soportábamos. Pensaba en tantas cosas que sin darme cuenta el camino acabó y me vi en el punto de mi desequilibrio, de la caída, de la mano de la extranjera aferrada a mi blusa y los ojos de horror, los míos, los de ella, los de Esteban, aunque a él no pude verlo. Fue un alivio pese al pavor del recuerdo que era la noche sobre el cementerio, idéntica a aquella noche.

La tumba estaba abierta. No fue agradable volver a atravesar el cementerio, y sola. Llegué a casa a las doce. No encontré mi cama, ni mis cosas. Habían puesto un escritorio ahí, y la bicicleta de Esteban. No me quedó más remedio que acostarme con él. Lo sentí hablar dormido, temblar, lloriquear. Lo calmé como pude, no es fácil controlar a un sujeto de diecisiete años con pesadillas (eso le dijo mamá al día siguiente: ya tienes diecisiete años, hijo). Le repetí “estoy aquí”, “estoy aquí”, y también le dije que lo quería, etc. En la mañana aparecí en el comedor resuelta darles la sorpresa de mi retorno. Pero estaban metidos en la leche y en las tostadas como verdaderos zombis. Ahí comenzó todo. Me sentí mal, claro. No soy de hierro. Pude haberme quedado en Metrópoli pero elegí seguir compartiendo con ellos la existencia minúscula que teníamos. Ahorro el cuento: nadie me reconoció. Lo que es aún peor, me siguen ignorando. Se mueven como fantasmas. Por eso digo que este pueblo parece un manicomio, encerrado entre cercas de alambre de púa invisibles. Camino por las calles y ni siquiera los perros me huelen. Lo peor de que la ignoren a una es la impotencia, y tener que apelar a la argucia de que son inocentes, de que un mal crónico se apoderó de los suyos; y verme compasiva pese a la rabia; porque esto merece una sola furia, una ira irreconciliable con el pueblo, con cada uno de sus habitantes, con las revoluciones, con las guerras, con los mediodías, con todo. Esto no fue lo que me enseñaron. Entonces saberlos enfermos me hace pensar que es probable, aunque sea vagamente probable, que algo sucediera en mi ausencia, algo como que un tren pasara repleto de alguna sustancia que les confiscara la memoria, el recuerdo en el que yo completaba la vida de Esteban, por ejemplo, porque somos gemelos. ¿Qué hago? Nada. Ya se les pasará, me digo. Hace un rato, antes de sentarme a escribir esto (por segunda vez porque esta cosa se borra, regreso y no hay nada, limpio el blog, íntegro el lápiz y el borrador como si alguien los cambiara) vi sentado en la barbería al hombre de la extranjera del cementerio, el mismo de la foto del relicario. Me miró con complicidad, con simpatía y hasta sonrió. Por fin, respiré, uno en este pueblo que no está loco, ¡qué alivio!

domingo, 17 de junio de 2012

PÁJAROS DE MAR









Pájaros de mar, ¿quién dijo
que estoy perdida de casa?
Pasa la inocencia, pasa.
Perdida de mí, del hijo
(blanco, poquísimo, fijo     
en el dolor que remedo).
Mi dolor, porque no puedo
dolerle al hijo su pena.
Me duelo de mí, ajena.
Pájaros de mar, ¡qué miedo!







sábado, 9 de junio de 2012

ÁNGEL, LOS POTROS Y EL AGUA














I
Ángel, he abierto una puerta
al potro alado y la fuente,
derramada cual torrente
de aguaceros, se despierta.
Su llanto nos desconcierta
por la ida y lo mojado
del sitio, que se ha quedado
y todavía lo nombra.
Sobre las aguas la sombra
del potro en bridas, alado.

II
Otra luna nos sucede
tras el galope distante.
Luego allegro, luego andante,
o en una fuga. ¿Quién puede
dormirse ya, si no cede
la cuerda sobre nosotros,
si siempre somos los otros
procurando por el vuelo,
y los mismos del desvelo
por la suerte de los potros?

III
Ángel, la hoja se mece
sobre el temblor de tu risa.
Llora, ríe, se desliza,
bajo mil formas se cuece
la ternura. Y aparece
entre los dos la mirada.
Yo que corro en desbandada.
Tú la mueca, el desconcierto.
El potro, el potro no es cierto
es un milagro y es nada.