
El más remoto de mis recuerdos tiene el dibujo de unas
losas en las que alguna vez se urdió la vida y el amor, pero la casa estaba en
ruinas ya. Tuvieron que derrumbarla y el piso pendía de mis ojos y de los
brazos de un tío que caminaba conmigo entre los escombros, un poco antes de que
la diabetes lo terminara de aburrir y muriera en su cama de la casa nueva,
mucho más chica y con techos bajos. Mi madre durante algún tiempo aseguró que
el recuerdo de ese paseo en brazos del tío Miguel era
implantado. Un día le dibujé las losas y entonces se puso a pensar que tal vez
en alguna otra parte, “tal vez, viste ese piso colonial con tréboles rojos y ribetes
verdes”. Lo sé. No me creyó. Lo cierto es que mucho antes de que mi madre avalara
mi relación con el mundo y la conciencia de ambos, existían las losas y una
claridad que no le concernía a la sala, en otro tiempo lumbre de tertulias y de
buena salud; y que probablemente ya —en ciernes todavía mi propia existencia—,
me dejaba el dolor del derrumbe, ese barrer de las sombras, la fuga de los
muertos deshabitados, desperdigados en esa amplitud que una casa no necesita.
Esa es la primera mirada que recuerdo, y porque rebasa la estética del dibujo y
el andar pertinaz del enfermo entre las vigas de madera, conmigo en brazos, es
poética.
Sé por esto, y por la joven que vi en un columpio en
la luna manchada más tarde, y por una enredadera de flores diminutas bajo la
cual hubiera querido vivir a los cuatro años, que lo poético es una mirada que
no depende del don de la vista siquiera, porque podría prescindir de la
claridad. Es una mirada a lo informe, al caos de los mecanismos por los cuales
las alas del colibrí se llegan a alinear instantáneamente con el filo de una hoja,
y que la luz en el plumaje del ave opaca ese filo en un parpadear que dura la
brevedad de la miel. En esos recovecos la realidad vaga, humedecida por el
aliento del verso, desaliñada, impúdica, afecta a lo pedestre y apenas tocada
por una sublimidad que la transfigura. Los ruidos la colocan al centro. Las
cafeteras infladas, el humo y el bochorno del mediodía mientras un tren de
carga irrumpe en ese horizonte de calma y jarabe, y los gatos se arquean
parsimoniosos bajo la enredadera. Yo, en esa contemplación inicial,
consuetudinaria, sin escuela ni amigos aún, sopesaba la siesta de la viuda que
Miguel había dejado sin hijos al morir y que era, por azar del infortunio de ambos,
la más importante de mis relaciones con el mundo: una abuela cuya isquemia
transitoria la hizo por mucho tiempo esperar que su hombre volviera del
ferrocarril con el farol de recibir los trenes en las madrugadas. Ella me
proporcionaba silencio y penumbra, un lugar bajo las mecedoras, una pena que se
fue haciendo doble cuando la lucidez de la pérdida retornó, y con ella el vigor
que mi abuela solo llegó a agradecer cuando la sociedad y la historia obraron
en su rutina de telenovela contingencias que daban cuenta de algo parecido a la
justicia. Esa abuela que tuve por azar amaba la Revolución, había nacido en
1902 y conocía la historia que los libros no contaban porque siempre le parecía
que todo lo que se escribiera sobre el “maravilloso renacimiento cubano” era
poco.
Lo que sigue al paréntesis de los primeros años es el
mar. Y eso de por sí debería explicar cualquier proximidad con lo poético, sin
embargo tal como yo lo vi lo vieron todos: los viejos y los chicos y los tíos
que entonces eran adolescentes y se enamoraban en el muelle, bajo los agujeros
de la noche, al filo del helénico Caribe. Lo que yo veía entonces tiene que ver
con un parto de agua que convocaba mi fascinación y la sigue ahuyentando de
toda lógica humana o divina: “El mar —lo dijo Marimón, poeta de Matanzas—, es
un enorme vientre pariéndose a sí mismo”. Al borde de sus piernas abiertas como
un abrazo estaba mi cama. Separada de los sargazos por una calle estrecha que
no dejaba de ser un camino soleado en las noches. Permanecíamos dos meses al
año en aquel lugar. El resto: domingos y frentes fríos, existía en función del
retorno. Y en función de los sueños de mar, todos con el día alto y la arena
gris y mojada. Todos sueños de nubes cuyo movimiento aceleraba el tiempo y me
hacía feliz. El pueblo en su diminutez,
a kilómetros de ese borde, saltaba de las peluquerías al bar de Pelón, el
dulcero. Tenía su fotógrafo, su museo, la mansión de los únicos millonarios que
se habían ido en el 59’. Tenía sus mártires y sus aceras, y un cañaveral al
otro lado de la carretera central que lo volvía un pueblo huérfano de algún
modo, un pueblo desvalido, poco dado a crecer, muy lejos de convertirse algún
día en un lugar con plazas o avenidas. Sobre todo esto era doloroso porque en
ese entonces pensábamos que así como la Revolución se había ocupado de nuestras
relaciones y de nuestro acervo, se ocuparía de ir sacando los sitios de su primitivés hasta que cada rincón pasara
de huerta a campo y de campo a jardín y de eso boulevard, y pudiera existir una
historia de otras magnitudes en cada pequeño pueblo como el mío. Ahora sabemos
que esas transformaciones no son posibles en lugares sin agua y sin minas de algo,
y menos aún, sin el bosque que le diera nombre allá lejos, cuando al otro lado
de la carretera las cañas no eran una promesa y de este lado las casas no
pasaban de diez: Los Arabos. Ser sublime en esas circunstancias es casi un
despropósito. Ocurre, como le ocurre el amarillo a la mariposa o la nieve al
mundo. Es, simplemente. Y entre esa compensación de la espera, de la lentitud,
de la belleza que debía ser otra parte cualquiera y la suerte de los que subían
a aviones y a barcos para surcar el mundo, estábamos los de aquel pueblo. Casi
unos de mis primeros intentos desmitificadores de la mirada poética es “Nombrar
el sitio”, un poema que escribí a los 16 y que incluí en la poesía que reuní
para mi primer libro:
Nombrar una vez más el sitio.
Las
lides del horror con que llovemos los pastos definidos.
Otros
no beberán verdoso el jugo.
La
podredumbre de la estancia casual
unos
y otros
arrojarán
los abolengos que diferencian esa luna,
el
lago en la mirada, que los hace
hermanos
de la piel del venado y el hombre:
Cualquier
día estallan los manglares con otro despertar.
Mojado
el sitio
y
el estremecimiento
anuncia
una vez más que estamos solos.
Como
la música que sale de algún hueco
asomarse
inferior al ruido en la pagoda.
Volvamos
por la casa
deseosamente
fértil.
Colmada
de guijarros y árboles y potros
y
la anciana febril de la memoria.
Nombrar
el sitio.
En
la marcha nos puede parecer que se desprende
y
cae ante nosotros
con
esa fuerza única de lo que cae del alma.
Y
vuelve la costa a ser el borde,
se
nos reintegra al ojo esa mirada
que
dice
ahí
termina.
Cómo
saber que este no es el hombro
sino
el gajo carcomido por abejas
que
la arena ha ocultado.
Como
evitar nombrar el vientre florido en su abandono,
la
elemental pujanza.
Aquel
instante líquido,
su
extraña dimensión entre los cuerpos
al
iniciarse la sobrevida en que ofrecemos los pies, las alas,
y
esta rotunda ceguedad ante la muerte.
El
sitio y la necesidad de abandonarlo a toda costa, la voluntad de abarcarlo de
lejos es una constante en mis primeros intentos, y lo fue más allá de la
realidad de esa ida que se produjo solo pocos años después, demasiado pronto para
que mi mirada cerrara sobre ese arco de sensaciones su impronta. Toda esa
vaguedad fragmentada, tristísima y pobre, viajó conmigo y reposó años de selva
y de desencuentros. Cuando en el año 2002 pude publicar Bajo el célico gris, contaba con lo escrito en los años previos a
mi salida de Cuba, mis primeros poemas urdidos en la profunda y más solemne
angustia, en las tardes de caña de azúcar y biblioteca, en una precariedad que
ponía demasiadas interrupciones a la intención de ser sublime. La ida se instaló
en nuestro imaginario con sus lienzos de aceite y sus mecedoras.
II
Los
idos nos dejaron con sus sombras a medias.
Comenzaron
las siestas de tributos.
El
sueño ¡ah liviano!
sobrevolaba
el ocio.
III
La
vastedad se erige al otro lado,
desparrama
azahares que cubren la vigilia.
Echen
la niebla al hombro ¡largo!
Séannos,
pues, reales las ojeras
y
anunciaran dos nuevas cicatrices
o
zanjas donde uno se adentre para llorar por uno.
Y
renueve con coces la premura del golpe en el costado.
Y
anunciaran un barco de paja en el rocío
por
dos gorriones secos.
Y
las llamas del cielo serán simples
como
los techos rojos.
IV
Yo
puedo disfrazarme por las voces,
hacerme
menos falsa,
menos
la musa sola
disminuida
a mi estatura.
Los
idos son frondosos como la primavera
y
saltan por el cuerno de los trinos nacientes.
También
se desparraman y sudan la resina
y
aunque allí permanezcan
siempre
serán los idos.
Y
Cuba, pródiga en poesía, concurría a mi necesidad con verdaderas joyas que la
penuria editorial lograba sacar a la luz amarillenta y reciclada de las
librerías: “Vestido de novia”, de Norge Espinosa, “Sueño de una noche de verano”,
de José Manuel Espino, “Para un cordero blanco”, de Reina María Rodríguez, “Manual
de las tentaciones” de Abilio Estévez, “Atlas Salta” de Raúl Hernández Novás, “Cálida
forma” de Aramís Quintero, Lina de Feria y su percepción de lo intangible
descrita una noche de Taller Literario, su casi abrumadora claridad sobre el
hecho de que la metáfora de lo etéreo requería asideros corpóreos, que en eso
consistía la poesía. Y “Los días de la pérdida”, de Juan Carlos Valls Si tuvieras el mar no sentirías tanto la
pérdida de lo que nunca fue del todo verdadero, esa verdad que pude
interpolar después a la presencia de cerros y páramos con su llovizna extendida
como una gran llanura. En ese ir y venir de voces la poesía acunaba su ovillo
sedoso, y a veces le tejía una túnica al viento, y a veces era el mismo viento
entre lo que la lectura y el sueño lograban verter. Lo que pudo salvarse de
esos años es la ausencia, la despedida, la muerte anterior de la que habló
Lezama: Contigo la muerte fue anterior y
efímera, esa anulación del pasado en el umbral del amor, de la felicidad.
si
las aves vinieran
a
guarecer en la sequía de estas manos,
cómo
izar el adiós que coloca los barcos con la proa
debajo
de la arena,
y
nos deja la tarde y su declive
en
una playa roja,
en
una cima húmeda
que
permite mirar hacia uno mismo,
mientras
las aves comienzan a llegar y a perdonarnos.
Siempre
he creído que el atisbo de lo poético atraviesa el juego de las premoniciones.
Se instala momentáneamente en sus artilugios, alumbra el verso y nos devuelve
la perplejidad con la que Dulce María Loynaz reconocía que el “Canto a la mujer
estéril”, escrito en su juventud sin augurios ni oráculos, la había
perjudicado. Estoy convencida de que una zona de lo que he escrito y escribo
tiene esa suerte. Mi hermana me llamó por teléfono una noche para anunciarme
que vendría a vivir acá, porque estaba concurridamente
sola (Benedetti). Mi hermana vivía hacía algunos años en Guatemala. Unas noches
antes yo había escrito el poema con el que la recibiría sin saber de su pena,
ni de su derrota de princesa que de un momento a otro perdía el brocal y la torre:
ella
tocó a la puerta.
Le
dolía golpear desde la tarde en que sus dedos
sangraron
sobre el piano,
salpicaron
sus pies,
y
ella los contempló como quien ve
una
vela gotear sobre la losa,
como
quien imagina un ideograma
con
señales opacas
y
decide creer.
Golpeó
la puerta,
quiso
despedirse.
Arrastraba
la túnica.
Arrastraba
el pasado con sus hojas.
En
el borde una araña se moría.
Ella
dijo la sombra y quiso irse,
quiso
llorar de nuevo,
recogerse
bajo
el viso de alas que llovía.
Entonces
nos golpeó, nos golpeó tanto
que
le abrimos el pecho.
Todavía
nos duele su tristeza.
Hubo
lluvia y gorriones esa noche.
Lo
que sigue es un hilvanar obstinado de eventos en la lucha por sacar a flote la
mirada, por elevarla sobre la tierra y el hielo, por hacerla menos prosaica que
el mundo, y eso es difícil. Porque las avenidas son reales ahora, los cielos se
surcan ante mi cara a cada segundo, y la gente no me parece precisamente feliz,
llevan lo suyo a cuestas, la mirada y la sombra, la inmediatez y el insomnio,
la espesa frivolidad de sus relaciones y sus enseres. Todo lo lleva consigo el
trasiego de desconocidos que no poblaron mi pueblo ni el mar de los siete años.
Para mi dicha de beso, en todo lo que siento está el amor, junto a ese vacío,
sin rozarlo, sin intentar adelantar el menudo pie, bordeándolo apenas, porque
una es también los espacios manchados sin mecedora y sin enredadera, las
lagunas repletas de ojos, el gesto del adiós, la contención imperiosa por no
llorar una tarde todos los días de mar y de pueblo chico, por no llorar lo que
pudo ser y no fue, el endeble amor que desaparece tras la nube y toda la
complicidad con la que se puede medir su viudez. Por esto, por todo esto, mi
madre debería creer que el tío Miguel me tenía en sus brazos en la casa sin
techo y sin paredes, y que las losas estaban casi intactas, y que tuve mi
primera nostalgia, mi primer encuentro con lo poético, ante esa amplitud luminosa
que una casa no necesita.